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María Corbacho: “El shock te deja sin palabras, pero el duelo hay que expresarlo y sostenerse para no caer en la derrota”

En este espacio de El Batiburrillo, la osteópata María Corbacho aborda, desde una mirada humana y terapéutica, cómo se vive el duelo y el shock emocional tras una tragedia como el accidente ferroviario que ha conmocionado a España, con decenas de fallecidos, más de 150 heridos y personas en estado crítico en UCI, una noticia que ha impactado a todo el país por su dureza y por lo repentino del suceso.

María explica que ante un golpe así, la primera reacción suele ser el shock: cuando algo te pilla “de repente”, sin aviso, y te deja totalmente fuera de sitio, anímica y físicamente. Lo describe como ese momento en el que “no hay palabras” y ni siquiera sabes qué decir, especialmente cuando hay familias esperando a los suyos y esa espera se rompe de manera brutal.

Uno de los mensajes centrales que comparte es que el dolor no solo afecta a quienes sufren el impacto directo: también a las familias, a los supervivientes, a quienes se quedan con la incertidumbre… y a quienes, con el paso del tiempo, pueden quedarse “parados” reviviendo una y otra vez lo ocurrido. Señala que cada persona vive el duelo de forma distinta: hay quienes necesitan verbalizarlo, llorar y soltar, y otros que se quedan bloqueados, como si hubieran recibido “un puñetazo en el estómago”. Pero deja claro algo fundamental: llorar no es debilidad; al contrario, puede ser una descarga que “sanea el alma”, libera tensión y ayuda a procesar lo que duele.

También insiste en un punto clave: no juzgar cómo reacciona cada persona. Hay quienes fueron educados para “contener, contener, contener”, y eso no significa que sientan menos, sino que el dolor se queda dentro. Por eso, recomienda acompañar con paciencia, amor y respeto, porque muchas veces “decir mucho no ayuda”, y lo que más sostiene es sentir que hay alguien cerca, aunque sea en silencio.

A nivel práctico, María subraya cuidados básicos pero decisivos para los familiares y afectados: alimentarse bien, descansar y sostener la mente para no derrumbarse. Habla de la importancia de cuidarse de forma constante, porque la salud no es un “arreglo rápido”, sino una línea que hay que mantener: no depende solo del terapeuta, sino también de la persona, de su continuidad y de su amor propio. Advierte que muchas veces se busca una solución inmediata (“una pastillita y tiro para adelante”), pero eso no es calidad de vida.

En cuanto a quienes sobreviven a impactos así, explica que pueden aparecer secuelas físicas y emocionales con el tiempo: desde dolores corporales y de cabeza, hasta recuerdos intrusivos, pesadillas, alteraciones del sueño y trauma, incluso en personas que aparentemente “están bien” pero han guardado lo vivido en silencio. En esos casos, señala la necesidad de una sanación y tratamiento, porque lo que se reprime puede terminar afectando al inconsciente y al equilibrio general.

María aporta además un testimonio personal: recuerda una situación vivida en su etapa de estudios en Santander, cuando un vehículo entró en sentido contrario y hubo personas accidentadas. Lo menciona para reforzar su idea de que, en momentos críticos, es vital respirar, coger aire y recuperar la calma, porque perder la templanza solo empeora el sufrimiento. Para ella, el autocontrol se entrena: influye cómo nos alimentamos, si hacemos ejercicio, si buscamos ayuda, si dedicamos tiempo a respirar y a sostener nuestro equilibrio emocional.

Otro de sus consejos más claros es el poder terapéutico de lo simple: naturaleza, espacios abiertos, mar, montaña, campo… oxigenarse. Aclara que en el impacto inmediato nadie está para “hacer vida normal”, pero si pasa el tiempo y una persona sigue atrapada en el dolor durante años, sin avanzar, puede convertirse en un sufrimiento crónico que también afecta a toda la familia. Por eso insiste en no alimentar el “espíritu de derrota” y marcarse objetivos internos: salir adelante, fortalecerse y recuperar el rumbo, incluso apoyándose en motivaciones como la familia.

En el cierre, María reconoce que ante tragedias así “faltan palabras”, pero deja un mensaje de acompañamiento: no ser indiferentes, sostener desde el cariño y la cercanía. Y comparte un aspecto personal que para ella también ayuda: la oración, como apoyo para las familias y para quienes se han ido de forma tan inesperada, una forma de canalizar el dolor y sentirse acompañado en lo más profundo.

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