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Epstein y la “manipulación” que denuncia Mari Carmen: del “silencio mediático” al barro de las falsificaciones

En su intervención en Radio Faro, Mari Carmen de la Morena no se queda en el caso Netflix ni en el morbo fácil: pone el foco en lo que ella llama “manipulación” y “adoctrinamiento” y, sobre todo, en una idea que repite varias veces: “silencio mediático”. Dice que, pese a la magnitud del caso, “se ha corrido un tupido velo” sobre quiénes rodeaban a Epstein y sobre las ramificaciones políticas y económicas que -según su lectura- aparecen en los documentos desclasificados.

Su relato, tal como lo expone, va en escalera: arranca recordando a Epstein como figura central de una red de explotación sexual y fiestas con poder y dinero, y luego sube el volumen con afirmaciones mucho más graves. Asegura que “los últimos documentos” lo presentarían como agente del Mossad y que el objetivo habría sido tentar, grabar y extorsionar a “altas esferas” para condicionar decisiones internacionales. En ese marco, sostiene que la clave no sería o el chantaje como herramienta de control.

Y ahí entra su acusación principal de “manipulación”: no tanto la manipulación de una noticia concreta, sino la manipulación del tablero completo. Ella plantea que habría una estructura de influencia que mezcla dinero, fundaciones, “lobbies” y brazo mediático; cita nombres y organizaciones en España para sostener su tesis, y
esto no abre portadas?”.

Hasta aquí, sus declaraciones tienen dos planos que conviene separar si queremos ser justos con la audiencia. Plano 1 (hechos verificables): en EE. UU. se ha producido una publicación masiva de material del caso Epstein por parte del Department of Justice al amparo de una ley específica, y el propio proceso de publicación ha sido polémico por fallos de redacción que expusieron datos de víctimas y obligaron a retirar y corregir documentos. Eso es noticia, está documentado y, de hecho, explica parte del caos informativo.

Plano 2 (interpretaciones y acusaciones): ahí es donde el discurso de Mari Carmen se vuelve explosivo, porque salta de “hay poder e influencia” a “hay una arquitectura global deliberada”, incorporando afirmaciones que, tal y como las plantea en antena, necesitarían pruebas sólidas y contrastadas para sostenerse. Y aquí aparece la paradoja: mientras denuncia silencio, el ecosistema digital está viviendo lo contrario, un ruido que lo ensucia todo, con oleadas de imágenes manipuladas y contenido fabricado que aprovecha cada “dump” documental para colar falsedades.

Ese es, quizá, el punto más importante (y más útil) de su denuncia si la aterrizamos a una realidad que sí estamos viendo: la manipulación no siempre es censura; muchas veces es saturación. Si metes tres millones y pico de páginas en un repositorio, si fallan las redacciones y se revictimiza a quienes deberían estar protegidas, y si al mismo tiempo circulan montajes y deepfakes que “implican” a cualquiera, el resultado es un cóctel perfecto: la gente no sabe qué es verdad, se enfada, y termina desconectando.

Por eso, si vamos a hablar de Epstein con seriedad —y si vamos a usarlo para denunciar “manipulación”— hay una responsabilidad mínima: mirar el documento original, distinguir dato de inferencia y no convertir una sospecha en sentencia. Porque el mayor triunfo de la manipulación es ese: que, por intentar señalar a los poderosos, terminemos amplificando basura que solo beneficia a quien quiere confusión.

Y al final, la pregunta que deja Mari Carmen (aunque no la formule así) es incómoda y necesaria: ¿cómo defendemos la verdad cuando la verdad se publica a trompicones, se redacciona mal y se distorsiona a golpe de viralidad? Ahí, más que gritar “silencio mediático”, toca hacer lo difícil: contrastar, contextualizar y no perder de vista lo esencial: las víctimas, la justicia y la responsabilidad pública.

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