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La “ley del más fuerte” vuelve al centro: Donald Trump, sanciones y el precio que siempre paga la gente

Hay una frase que resume el espíritu de la conversación con Alba: cuando la política internacional deja de parecerse a un tablero de reglas y vuelve a parecerse a un ring, la ciudadanía es la que acaba en la lona. Y eso es, precisamente, lo que su “Mirada Global” viene advirtiendo semana tras semana: que se está normalizando una lógica de poder -transacción, presión y dominación- que convierte la cooperación en debilidad y los derechos en “detalle”.

En el arranque, Alba sitúa el símbolo: Davos. No como postal de élites, sino como termómetro del cambio de época. Su lectura es clara: el mensaje hacia la Unión Europea deja de ser el de una alianza entre iguales y se convierte en una relación jerárquica, donde Europa aparece retratada como dependiente, dividida y “consumidora” de seguridad ajena. Y cuando un socio te habla como si fueras cliente, lo que está diciendo es: “esto ya no va de valores compartidos; va de quién manda y quién obedece”.

Ahí entra el segundo punto, quizá el más importante por lo incómodo que es: Europa confundió interdependencia con seguridad. Creyó que comerciar, compartir mercado y sostener décadas de alianza con Estados Unidos blindaba el futuro. Pero Alba lo plantea con una crudeza que duele porque es cierta: la interdependencia también puede ser un arma. Aranceles, sanciones, coerción económica… herramientas que, usadas sin rubor, convierten el “te necesito” en “te tengo”.

Y en ese marco aparece el gran debate moral del espacio: las sanciones económicas. Alba no discute que puedan existir razones políticas para presionar a gobiernos autoritarios; lo que pone encima de la mesa -y aquí acierta de pleno- es el efecto real: no golpean al poder; golpean a la población. En Cuba lo explica como un escenario de supervivencia: apagones, transporte paralizado, distribución de mercancías limitada, servicios básicos al límite. Y ahí lanza la pregunta que muchos evitan porque obliga a elegir entre relato y realidad: ¿qué ética hay en una medida que “castiga” al gobierno, pero deteriora la vida de quienes no deciden nada?

El ejemplo de Venezuela añade una capa aún más amarga: la evidencia de que las sanciones no necesariamente logran su objetivo político (no cambian gobiernos por arte de magia), pero sí pueden acelerar el colapso de salarios, la escasez y la emigración. Y su concepto de “capitalismo autoritario” retrata una consecuencia perversa: una minoría con acceso a dólares o privilegios prospera; el resto sobrevive. Es decir: el sistema no se democratiza; se vuelve más desigual. Una economía “abierta” para unos pocos, con poder político intacto y ciudadanía más vulnerable.

Luego, Alba abre el foco hacia adentro: cuando los informes de Amnistía Internacional señalan alertas en Estados Unidos —presión sobre prensa, restricciones en universidades, vigilancia, deportaciones y la normalización de una “mano dura” que deshumaniza— el mensaje no es “allí están peor”. El mensaje es otro: ninguna democracia es inmune si la ciudadanía compra el cuento de que la libertad es un estorbo y el control es “orden”.

Y justo cuando crees que el análisis se queda en geopolítica, vuelve al día a día con una conexión muy potente: la guerra cultural en redes y el choque entre Pedro Sánchez y Elon Musk por la propuesta de limitar el acceso de menores y exigir responsabilidad a plataformas como X. Alba lo dice sin rodeos: si la medida protege a los menores, ¿por qué enfada tanto? Y su respuesta apunta al nervio: porque tocar la adicción y la viralidad toca negocio, influencia y poder. Y cuando el debate se traslada al insulto y a la descalificación, lo que se está buscando no es razonar: se busca intimidar y desviar el foco.

El tramo final de la conversación, con esa reflexión sobre “echar abajo el sistema” sin alternativa, aterriza una idea que merece subrayarse: la indignación es legítima, pero si se convierte en antipolítica ciega, el hueco lo ocupan las élites —o los autoritarios— con la promesa fácil de “mano dura”. Alba insiste en lo que debería ser una vacuna ciudadana: no idealizar líderes, no repetir consignas como borregos, cuestionar “a los de arriba” y entender que los derechos se defienden cada día.

Al final, la “Mirada Global” no va de quedar bien con un bando: va de recordarnos algo básico. Que las políticas de fuerza, sanción y control pueden sonar a “firmeza” en un titular, pero sus costes son humanos. Y que, cuando el mundo vuelve a la ley del más fuerte, lo que toca no es resignación: toca ciudadanía crítica.

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