Hay días que empiezan como cualquier otro. Pero todo apuntaba a que ese miércoles sería distinto. Desde bien temprano, las miradas y los oídos apuntaban a las noticias que llegaban desde la Calle Alcalde Sainz de Baranda en Madrid. En la que Maricarmen Abascal, con 87 años, afrontaba el cuarto y definitivo intento de desalojo de la que había sido su casa durante toda la vida.
Mi mirada permanecía clavada a la televisión, mientras no podía dejar de mover la cabeza de lado a lado intentando negar la crudeza de las imágenes que veía con incredulidad.
¿De verdad estaba viendo cómo desalojaban a una anciana de 87 años de su casa, en camilla?
¿De verdad esto está pasando en la España de 2026?
Aquel miércoles había llegado con el firme propósito de dejarnos una imagen que no somos capaces de quitarnos de la cabeza. La salida de Maricarmen de su casa, nos colocó frente a un espejo en el que muchos pudimos contemplar despavoridos un fracaso social sin parangón. Un espejo que nos ha desnudado y dejado nuestras peores vergüenzas al aire. Un espejo que refleja, sin filtros, lo mejor y lo peor de cada casa.
Vimos la fragilidad de una mujer mayor. Vimos el miedo y la incertidumbre de perder el lugar que durante tantos años había sido su casa. Vimos fotografías, recuerdos, rutinas, vecinos, solidaridad, una vida entera construida alrededor de unas paredes.
Siempre he defendido que el valor de una casa es mucho más que la suma de los metros cuadrados que guarda. El verdadero valor es el de los latidos que llenan de vida su interior. Es el lugar en el que encontramos seguridad. Donde sabemos dónde está cada cosa. En el que reconocemos cada ruido. Donde el paso del tiempo deja las señales de su discurrir y los recuerdos.
Alrededor de una casa se construyen y se articulan los proyectos vitales. La casa es el ancla a la vida.
Maricarmen es símbolo. Garganta para gritar frente a la injusticia. Puño para romper la desigualdad. Oído para escuchar el susurro de la consciencia. Océano solidario a través del que demostrar que jamás los recuerdos, los sueños y la lucha social se desahucian.
Maricarmen logró espantar a los buitres que cernían sus garras en el Distrito de El Retiro, sin embargo, sus sombras alargadas y sus terroríficos graznidos amenazan a otros hogares, con la especulación desmedida como única bandera.
“Os pido a todos valor, luchad y defended lo que es vuestro”, decía desde el hospital con la fuerza que era capaz de reunir y generar un hilo de voz con el que articular este contundente mensaje, convertido en toda una fuente de inspiración para miles de jóvenes que necesitan de buenas referencias, buenas personas y buenos valores, para identificar el lado correcto de la historia. Esa frase entrecomillada es todo un legado, una invitación que va más allá de Ciudad Sol, es un mensaje claro y directo a las consciencias de quienes pueden buscar soluciones, se pongan manos a la obra.
No hay tiempo que perder en polarizaciones estériles, en los “y tu más”, en los “malditos egos” que tanto nos alejan de las soluciones.
“Os pido a todos valor, luchad y defended lo que es vuestro”, he vuelto varias veces a esa frase estos días, porque quizá ahí encontremos lo verdaderamente importante: el derecho a vivir con dignidad, el papel activo de la sociedad en la defensa y garantía de la dignidad como derecho.
Julio Ojeda



