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La tierra de las mareas, lujuria, drogas, sexo y… sirenas

La gran primera producción australiana de la plataforma nos transporta a un mundo de playas paradisíacas en el que las sirenas son mucho más que una leyenda. El reparto lo completan Charlotte Best, Marco Pigossi, Aaron Jakubenko o Mattias Inwood; una lista con la que descubrir una de sus principales características: todos los personajes de la serie parecen haber sido esculpidos a imagen y semejanza de alguna deidad griega.

Cuerpos esbeltos que lucen palmito capítulo sí, capítulo también, con un vestuario que deja poco a la imaginación. Es cierto que la mitología de las sirenas y sus manifestaciones en el cine y la literatura han estado íntimamente ligadas al sexo, la lujuria, el deseo y la perversión, por lo que no es de extrañar que en la primera temporada de La tierra de las mareas nos encontremos dosis de estas a granel.

El problema es que en muchos casos la belleza y la desnudez están por estar, sin convertirse en un motivo que implique algo más que un buen póster con el que traer adolescentes con las hormonas a flor de piel.

De qué va

Cal McTeer (Charlotte Best) acaba de salir de prisión y regresa a casa, a Orphelin Bay, una pequeña localidad pesquera que nada tendrá que envidiar a los pueblos perdidos estadounidenses que tanto mal procuran a sus habitantes — y que deben alardear de ello de forma inevitable —, como si de alguna macabra maniobra de Lucifer se tratase.

Este pueblecito pesquero está dominado por una cooperativa que es una tapadera para el tráfico de drogas que, a su vez, depende de un grupo que vive apartado del resto de la sociedad: los Tidelanders, unos seres mitad humanos y mitad sirenas que rinden pleitesía a la misteriosa Adrielle Cuthbert (Elsa Pataky), su reina.

La tierra de las mareas puede recordarnos a un batiburrillo entre Sons of Anarchy y Supernatural, pero unos cuantos peldaños por debajo. Rezuma ese aire telenovelesco de la primera con los detalles sobrenaturales de la segunda, sin alcanzar ni por un instante la calidad y la profundidad de unos personajes que son, precisamente, los que las convirtieron en favoritas del público. Y ahí flojea sobremanera.

De menos a…

Durante los primeros capítulos es inevitable pensar que sus creadores tienen algún tipo de pavor a los diálogos. Son concisos, directos, sin dejar un ápice con el que arañar detalles que nos hagan comprender a sus personajes y las motivaciones que los llevan al lugar en el que están. Cada escena se compone de un par de intervenciones de otro par de personajes disparadas con premura para que nos chuten a la siguiente. Los capítulos se desarrollan rápido, claro, pero ese ritmo llega a expensas de la construcción de sus personajes. En cuanto decide pararse y permitir que sientan algo más que lujuria y pasión, la serie gana enteros, pero podemos contar estos momentos con los dedos de una mano.

Podríamos hablar de incongruencias argumentales, de una desesperante falta de atención a los detalles o de la extraña forma que tiene de ligar la violencia con el sexo y la dominación, pero lo que termina por condenar a la serie es su absoluta falta de intención. Vuelan conceptos como la maternidad, la familia o la necesidad de encajar, pero, al igual que decíamos con la desnudez que tanto prodiga, aparecen casi por casualidad. No aportan ese volumen que tanta falta le hace, limitándose a personajes sin definición que vagan por escenarios preciosistas para accionar casualmente el gatillo que permita que la trama avance. La historia nunca parecerá lo suficientemente viva como para implicarnos en ella.

En resumidas cuentas

Con todo y con eso, la serie de Netflix se deja ver. Son ocho capítulos ligeros que se disfrutarán más cuantas menos preguntas nos hagamos. Nunca llegaremos a comprender porqué su protagonista es tan importante para el devenir de estos Tidelanders, pero aún así disfrutará de su público. El misterio, por muy predecible que sea, mantiene vivo suficiente interés como para que sigamos esperando ese giro sobrenatural que, por desgracia, también se queda escaso.

Juega con la idea de que las mujeres, a quienes está asociada la figura mitológica de la sirena, son mucho más poderosas que los hombres, y esa podría ser la base para una construcción inesperada en el género que se llevaría toda nuestra atención. La propia Cal lo deja claro en uno de los primeros capítulos en el que el típico guaperas de barra de bar acaba besando el suelo por tratar de seguirla, pero es una anécdota más que parece estar ahí sólo para cumplir con una idea que tiene más de forma que de fondo.

Pequeños pellizcos que podrían haber hecho de La tierra de las mareas una serie más interesante que ver un par de torsos desnudos y unos escenarios con los que olvidar el frío del invierno. Tendremos que esperar a una segunda temporada, en caso de que la haya, para descubrir ese contexto que nos han negado en su condensada primera temporada.

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