Las fiestas populares tienen una capacidad extraordinaria para medir el estado emocional de un pueblo. Mucho más que los discursos institucionales, las inauguraciones o las campañas políticas. Basta observar cómo se organiza una romería, cómo responden los vecinos ante un problema o quién termina sosteniendo el trabajo colectivo cuando llegan las dificultades. Ahí suele aparecer la verdadera fotografía de una comunidad.
Lo ocurrido este año en las fiestas de la Santísima Trinidad de El Tablero ha dejado una imagen reveladora sobre la relación entre política, instituciones y ciudadanía en uno de los barrios con mayor identidad de San Bartolomé de Tirajana.
En El Tablero, sin embargo, no se trata de un contexto cualquiera, ya que su memoria colectiva es sólida y su tradición de participación vecinal forma parte esencial de su manera de entender el pueblo. Por eso, sus fiestas trascienden lo lúdico o lo religioso y se convierten también en una reafirmación de pertenencia y orgullo comunitario.
No seré yo quien contribuya a avivar los rescoldos del fuego, ni quien enumere una a una todas las tensiones y discrepancias que se produjeron en torno a la organización de las fiestas, porque siempre he creído que lo más sensato es dejar la fiesta en paz.
Sin embargo, tampoco se debe ignorar que lo ocurrido fue, más que una disputa ideológica, una cuestión mucho más básica; la necesidad de respeto, diálogo y coordinación institucional con quienes sostienen de forma voluntaria buena parte de estas celebraciones.
El fondo del problema, más allá de una decoración concreta o las desafortunadas declaraciones públicas del alcalde, Marco Aurelio Pérez, fue la sensación de que quienes dedican meses de trabajo altruista a preparar las fiestas sólo son escuchados cuando el conflicto se hace visible.
Y ese no es un detalle menor. Las fiestas populares dependen en gran medida de una estructura invisible de participación ciudadana que rara vez recibe el reconocimiento que merece. Hablamos de asociaciones vecinales y colectivos sociales que decoran calles, organizan actividades y resuelven problemas logísticos sin otra recompensa que la continuidad de una tradición compartida. Cuando esa red percibe descoordinación, indiferencia o falta de reconocimiento, el conflicto deja de ser organizativo para convertirse en emocional.
También por eso llamó la atención la percepción de ausencia de ciertos gestos de cercanía institucional hacia El Tablero, especialmente en comparación con otros núcleos del municipio. La cercanía política no se mide sólo en inversiones o programación cultural, sino también en atención simbólica, escucha activa y presencia en los espacios donde se construye comunidad. En esos pequeños detalles que la ciudadanía percibe como un diapasón.
Aun así, lo más relevante de lo ocurrido quizás no esté en la controversia institucional, sino en la respuesta del propio pueblo. Mientras el debate público se cargaba de reproches y lecturas partidistas, los vecinos y colectivos recordaron algo esencial, que las fiestas no pertenecen a quienes gobiernan ni a quienes hacen oposición, sino a quienes las construyen desde abajo.
El Tablero volvió a demostrar que conserva una capacidad de movilización social que trasciende los ciclos políticos, mantiene una identidad colectiva sólida y una red vecinal que sostiene lo que a veces la política no alcanza a ver.
Las fiestas finalmente se celebraron con normalidad, con participación y envidiable ambiente popular. Pero sería un error interpretar eso como una normalización del problema. En ocasiones, los pueblos salvan sus celebraciones a pesar de la política, no gracias a ella.
Quizá la principal enseñanza de lo ocurrido sea que las instituciones deben entender que las fiestas populares no son sólo programación cultural o gestión administrativa, sino espacios de pertenencia colectiva. Y cuando un pueblo percibe que esa pertenencia se debilita, el problema deja de ser organizativo para convertirse en algo mucho más profundo; una distancia emocional entre ciudadanía e instituciones.
Porque cuando eso ocurre, lo que está en juego no es una fiesta, es la confianza en la forma en que un pueblo se reconoce a sí mismo.
Christopher Rodríguez Rodríguez.



