Hay tertulias que sirven para repasar titulares, y hay otras que obligan a detenerse, pensar y mirar la realidad con menos prisa y más profundidad. La conversación mantenida con Vanesa Ramírez en Radio Faro fue de las segundas. No fue una simple sucesión de opiniones sobre la actualidad. Fue, sobre todo, una advertencia: estamos normalizando demasiadas cosas que no deberían parecernos normales.

La primera, la guerra.
Mientras aquí regresábamos de la Semana Santa con la rutina a medio arrancar, el mundo seguía ardiendo. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán volvió a ocupar el centro de la agenda, con el estrecho de Ormuz convertido en una pieza clave por su impacto sobre el petróleo, el transporte y los precios. Y Vanesa Ramírez lo dejó claro: pensar que eso queda lejos es un error. Canarias, por su condición insular y su dependencia del exterior, está especialmente expuesta a cualquier crisis internacional que golpee la energía, el comercio o la logística. Lo que sucede a miles de kilómetros puede terminar pagándose aquí, en el surtidor, en la cesta de la compra y en la economía de miles de familias.
Pero Vanesa no se quedó en el análisis económico. Fue más allá. Recordó al Papa Francisco como una figura que intentó acercar la Iglesia a la sociedad y enlazó ese recuerdo con una idea esencial: el primero de todos los derechos humanos es la vida. Desde ahí, conectó la guerra con la inmigración, con los desplazamientos forzados y con la incapacidad del mundo para afrontar de verdad las causas que obligan a la gente a huir. Habló del drama migratorio en Canarias, de las llegadas recientes a El Hierro, Fuerteventura o Arguineguín, y de cómo a veces los niños entienden mejor que los adultos lo que significa respetar la dignidad humana. Su reflexión fue sencilla, pero demoledora: si en tu casa caen bombas, nadie se queda quieto. La gente huye, porque quiere vivir.
Y ahí aparece uno de los puntos más incómodos de su intervención: la denuncia de una doble moral internacional que parece tolerar la vulneración de derechos humanos según quién sea la víctima. Vanesa se mostró especialmente dura con las imágenes y testimonios que apuntan a un trato desigual incluso a la hora de proteger a la población civil en medio del conflicto. Lo resumió con una frase que debería hacernos pensar: si dejamos que los derechos humanos se salten para unos, mañana podrán saltárselos para cualquiera. Porque cuando dejan de ser universales, dejan de ser derechos y pasan a depender del interés político o económico del poderoso de turno.
También hubo una crítica frontal al liderazgo de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Vanesa los dibujó como dirigentes guiados por el interés, la radicalidad y el cálculo de poder, más preocupados por el negocio, el control territorial y su propio rédito que por las consecuencias humanas de sus decisiones. Y desde ahí lanzó otra idea potente: Europa está débil, desdibujada, sin liderazgo claro y cada vez más cerca de una situación de riesgo real que hace apenas unos años muchos habrían considerado impensable. En su análisis, el continente vive en una peligrosa tierra de nadie, sin capacidad de marcar una posición firme y con la sensación de que la guerra ya no es un fantasma lejano, sino una posibilidad inquietantemente cercana.
Pero si la guerra preocupa, la vivienda angustia.
Ahí Vanesa fue rotunda: en Canarias ya no estamos ante un problema coyuntural, sino ante una emergencia estructural. Y no lo dijo en abstracto. Lo conectó con la realidad de los grandes tenedores, con el alza constante del precio de la vivienda y con la idea de que la casa en la que uno vive no puede seguir tratándose como una mercancía cualquiera. Para ella, la vivienda es la quinta pata del Estado del bienestar y, si no está garantizada, la democracia queda tocada. Porque no hay libertad real ni igualdad efectiva cuando una parte creciente de la población no puede ni alquilar ni comprar sin hipotecar toda su vida.
Su posición es clara: el mercado debe intervenirse. Y lo dice sin rodeos. Igual que no se debería hacer negocio con la comida, tampoco debería hacerse negocio con la vivienda. En su opinión, dejar este asunto en manos de la pura lógica especulativa ha sido uno de los grandes errores políticos de los últimos años. Mientras la vivienda se convierte en producto de inversión y los precios se disparan, miles de personas quedan fuera del sistema. Por eso defiende la construcción de vivienda social y la generalización del alquiler social como respuesta real, no cosmética.
En ese contexto, puso en valor el modelo que intenta desarrollar el Ayuntamiento de Agüimes. Vanesa ve con buenos ojos que el municipio apueste por una fórmula en la que la empresa construye, explota durante un tiempo el alquiler social, pero la propiedad sigue siendo pública. Para ella, ahí está la clave: impedir que el esfuerzo colectivo termine convertido en negocio privado y evitar repetir errores del pasado, cuando muchas viviendas protegidas acabaron liberalizándose y entrando en el circuito especulativo. Su defensa de este sistema parte de una convicción: la vivienda pública debe seguir siendo pública, y si la situación económica de una familia mejora, esa vivienda debería poder destinarse a otra persona vulnerable. Es una visión exigente, sí, pero también coherente con la idea de que las políticas públicas deben responder a necesidades sociales, no consolidar privilegios heredables.
Y luego llegó el turismo, ese asunto del que Canarias vive, pero que no siempre la deja vivir.
Vanesa no negó la importancia económica del sector ni cuestionó los buenos datos de ocupación en Semana Santa. Lo que puso sobre la mesa fue algo más incómodo: la dependencia excesiva y el mal reparto de los beneficios. Su pregunta implícita fue tan sencilla como pertinente: cuando hablamos de récords turísticos, ¿quién gana realmente? Porque, en su opinión, buena parte del negocio se queda en grandes operadores y empresas que ni siquiera tienen aquí su centro de decisión, mientras el impacto positivo sobre la población canaria es mucho menor de lo que se vende. Canarias, vino a decir, no puede conformarse con celebrar llenos si eso no se traduce en mejores salarios, más empleo digno y un retorno claro para quienes sostienen el día a día de esta tierra.
En el fondo, todo lo que expuso Vanesa Ramírez en esta tertulia gira alrededor de una misma idea: la necesidad de volver a poner a las personas en el centro. Frente a la guerra, derechos humanos. Frente a la especulación, vivienda social. Frente al discurso triunfalista del turismo, redistribución y sostenibilidad. Frente a la indiferencia, justicia social.
Y quizá ahí está lo más valioso de su intervención. No en ofrecer soluciones mágicas ni en pretender cerrar debates complejos con frases simples, sino en recordar algo básico que a menudo olvidamos: una sociedad se mide por cómo protege la vida, cómo garantiza un techo y cómo reparte la riqueza que genera.
Canarias haría bien en escucharlo.
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