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Joselyn Herrera alerta en Radio Faro sobre la salud mental adolescente: “Están más conectados que nunca, pero también más solos y más presionados”

La salud mental de los adolescentes fue el eje central de una nueva entrega de “El Rincón de Quore” en Radio Faro, un espacio en el que la psicóloga Joselyn Herrera, acompañada en esta ocasión por Natalia González, abordó con claridad, cercanía y preocupación una realidad que cada vez inquieta más a muchas familias: el malestar emocional que viven numerosos jóvenes en una etapa especialmente vulnerable, marcada por la presión social, la comparación constante, la baja autoestima y el uso excesivo de la tecnología.

Durante la conversación, Joselyn Herrera explicó que hoy se habla más de la salud mental en adolescentes no necesariamente porque antes no existiera este sufrimiento, sino porque ahora se verbaliza más. Según apuntó, en otras épocas se normalizaban muchas emociones, no se les ponía nombre y, en muchos casos, se callaban por vergüenza o por falta de herramientas. Hoy, sin embargo, aparecen con más fuerza conceptos como ansiedad, depresión, frustración o soledad, y eso hace visible una realidad que siempre estuvo ahí, pero que ahora emerge con mayor claridad.

Uno de los aspectos que más preocupan, según señaló la psicóloga, es que muchos adolescentes no saben identificar lo que sienten. Saben que están mal, pero no logran explicar qué les pasa. Herrera insistió en la importancia de enseñarles a poner nombre a sus emociones, a conectar consigo mismos y a detenerse a entender su malestar en lugar de taparlo con distracciones constantes. En ese sentido, subrayó que muchas veces, cuando un joven se siente mal, la respuesta inmediata del entorno es ofrecerle una pantalla, una serie o el móvil, en vez de acompañarlo a comprender lo que está viviendo.

Entre las emociones y conflictos más frecuentes que detecta en consulta, Joselyn Herrera destacó la baja autoestima, la frustración, la soledad y la dificultad para gestionar las emociones. Advirtió de que muchos adolescentes están rodeados de gente y, aun así, se sienten profundamente solos. Esa sensación, lejos de ser anecdótica, se repite con frecuencia y refleja que no basta con estar conectado o con tener interacción constante en redes para sentirse acompañado de verdad.

Natalia González, desde su experiencia como madre, aportó otra mirada complementaria y muy directa. Explicó que buena parte de la presión que sufren hoy los menores viene de la propia sociedad, pero también de la sobreexposición a una información que muchas veces no están preparados para gestionar. Relató cómo su hijo de 13 años le traslada preguntas y preocupaciones impropias, a su juicio, de una infancia o preadolescencia tranquila, y puso como ejemplo cuestiones que se han normalizado demasiado pronto, como el vapeo, determinadas dinámicas en redes o temas sentimentales que llegan a edades cada vez más tempranas.

Uno de los momentos más llamativos de la entrevista fue cuando se abordó la presión que generan las comparaciones entre adolescentes. Joselyn Herrera relató el caso de una chica de 14 años que acudió a consulta y le contó que una amiga de 12 le decía que ya iba “atrasada” porque aún no había recibido ramos de flores de chicos ni había vivido ciertas experiencias afectivas. A partir de ahí, se abrió una reflexión muy reveladora sobre cómo algunas conductas que antes no eran propias de esas edades se están normalizando como si fueran obligatorias, empujando a muchos menores a compararse, sentirse insuficientes o pensar que van tarde en su desarrollo.

En ese punto, tanto Joselyn como Natalia coincidieron en que las redes sociales tienen una enorme responsabilidad. Natalia fue muy clara al afirmar que, pese a trabajar con redes, no cree en ellas como reflejo fiel de la realidad. Recordó que lo que se muestra en internet suele ser solo la parte bonita, perfecta o deseada de la vida, mientras que detrás puede haber ansiedad, depresión, deudas, crisis personales o muchísimo sufrimiento. De ahí que considere tan peligroso que un adolescente se compare con lo que ve en pantalla sin tener la madurez suficiente para entender que muchas veces ese escaparate no es real.

La conversación también puso sobre la mesa ejemplos muy concretos del impacto de esa dinámica. Natalia contó que, una mañana, vio a varios menores que ni siquiera habían entrado al centro educativo y estaban fuera grabando vídeos de TikTok. A partir de esa escena, reflexionó sobre cómo muchos adolescentes no solo consumen contenidos, sino que también construyen ficciones para proyectar una imagen determinada. Puso como ejemplo el caso de un ramo de flores: una chica puede prestárselo a otra, hacerse una foto y publicar que se lo han regalado, fabricando así una apariencia que después influye en quienes lo ven y creen que esa escena es real.

Sobre las señales de alerta que pueden indicar que un adolescente no está bien emocionalmente, Joselyn Herrera insistió en que las familias deben observar con atención los cambios en el comportamiento. Si un hijo o hija deja de hacer actividades que antes disfrutaba, se encierra demasiado en su habitación, depende excesivamente del móvil, los videojuegos o las redes, se obsesiona con su físico o empieza a hacer comentarios constantes de comparación con otras personas, puede estar dando señales de malestar. Según explicó, muchas veces los adolescentes verbalizan que “les da igual todo”, pero su conducta refleja justo lo contrario, y ahí es donde los adultos deben aprender a leer más allá de las palabras.

Otro de los ejes más importantes del espacio fue el papel de la tecnología. Joselyn Herrera dejó claro que no demoniza las redes ni los dispositivos, pero sí alertó de que su uso debe tener límites y sentido. En su opinión, la tecnología puede ser una herramienta positiva si se utiliza bien, pero se convierte en un problema cuando sustituye el contacto real, la conversación, el juego, el tiempo en familia o la capacidad de conectar con uno mismo. También advirtió de un uso cada vez más preocupante: acudir a herramientas tecnológicas o a respuestas automáticas para que le digan a una persona qué le pasa emocionalmente, en vez de hacer el trabajo de escucharse y comprenderse.

Natalia añadió que las redes están diseñadas para generar adicción. Explicó que están construidas para captar atención, ofrecer gratificación inmediata y mantener al usuario atrapado con estímulos constantes, algo que, según comentó en el espacio, termina afectando a la concentración, a la vida familiar y a la regulación emocional. Por eso defendió con naturalidad el uso de controles parentales y límites claros en casa. Contó que en su caso bloquea el acceso al móvil cuando observa que su hijo lo usa solo por inercia o distracción y lo vincula a actividades educativas o al cumplimiento de ciertas responsabilidades, porque considera que es una forma de acompañar y no de abandonar al menor a una herramienta que sabe que puede absorberlo.

La psicóloga coincidió en que poner límites no es un acto de falta de amor, sino de responsabilidad. De hecho, defendió que uno de los problemas actuales es precisamente la ausencia de límites claros. Señaló que cuando un menor hace siempre lo que quiere sin consecuencias, aprende que puede funcionar así en la vida, y eso termina generando conflictos mayores con el tiempo. En esa misma línea, se habló también de los suspensos, de la falta de exigencia en algunos hogares y de la necesidad de enseñar desde pequeños que cada acto tiene consecuencias.

Otro mensaje importante que salió durante la charla fue que los padres también deben mirarse a sí mismos. Joselyn Herrera subrayó que los hijos aprenden muchísimo más de lo que ven que de lo que se les dice. Si un padre o una madre pasa el día entero con el móvil en la mano, grita, pega o resuelve sus frustraciones de forma agresiva, el menor interioriza ese modelo. Por eso insistió en que no se puede exigir a un adolescente un uso sano de la tecnología o una buena gestión emocional si en casa no encuentra ese ejemplo. “Somos el ejemplo de nuestros hijos”, resumió con claridad.

Natalia reforzó esa idea explicando que, en su casa, intenta guardar el móvil, apagar pantallas y mirar a su hijo a los ojos cuando llega del instituto, porque considera que la mejor enseñanza no está solo en las normas, sino en el ejemplo diario. En su opinión, no se puede pedir a un hijo que desconecte si el adulto vive permanentemente conectado. También defendió una crianza basada en la atención, la comunicación y el acompañamiento respetuoso, sin renunciar por ello a la autoridad ni a la responsabilidad adulta.

En la recta final del espacio, ambas invitadas lanzaron un mensaje muy claro. Joselyn Herrera pidió a las familias que presten verdadera atención a la salud mental de sus hijos, que aprendan a escuchar de verdad y a detectar cuándo ese “estoy bien” es real y cuándo solo es aparente. Recordó que no todas las personas necesitan acudir a un psicólogo, pero sí necesitan sentirse escuchadas, atendidas y sostenidas emocionalmente por su entorno.

Por su parte, Natalia González apeló a una mayor comunicación con los hijos y a estar muy pendientes del tipo de información que consumen. Cerró su intervención con una reflexión especialmente emotiva: aseguró que no hay mayor poder que las palabras dichas con amor por un padre o una madre, y que esa presencia cercana, consciente y afectiva puede marcar una diferencia enorme en la vida emocional de un adolescente.

La entrega de “El Rincón de Quore” dejó así una reflexión de gran calado: los adolescentes de hoy viven en un entorno hiperconectado, saturado de estímulos y comparaciones, pero siguen necesitando lo mismo de siempre en lo esencial: escucha, límites, presencia, referencia emocional y adultos capaces de mirar más allá del móvil para ver realmente cómo están.

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