La política municipal en Santa Lucía de Tirajana se ha convertido, en los últimos meses, en un problema digno de pizarra, tiza y paciencia infinita. Lo que hasta hace bien poco era una simple suma de mayorías, ha pasado a convertirse en una auténtica ecuación compleja de segundo grado, de esas que obligan a detenerse, repasar fórmulas y asumir que no siempre hay una única solución, y que, a veces, ni siquiera hay solución real.
No estamos ante un problema de aritmética básica, sino ante un sistema lleno de incógnitas, coeficientes inestables y factores que cambian de valor en mitad del cálculo. La posible moción de censura contra Francisco García es, en este contexto, la “x” que todos intentan despejar, aunque pocos parecen tener claro cómo hacerlo sin que la operación termine en un callejón sin salida.
Sobre el papel, la ecuación tiene una estructura reconocible. PSOE, Fortaleza, Nueva Canarias y Partido Popular han confirmado negociaciones, lo que equivaldría a ese primer planteamiento ordenado de términos: agrupar variables, colocar signos y empezar a operar. A priori, la suma de estos actores podría conducir a una mayoría suficiente. Pero como ocurre en las ecuaciones de segundo grado más complejas, el problema no está en escribir la fórmula, sino en resolverla sin que se rompa por dentro.
El primer gran obstáculo aparece en forma de coeficientes contradictorios: las rencillas personales entre miembros de estos partidos. No hablamos de diferencias ideológicas abstractas, sino de conflictos directos, acumulados en el tiempo, que afectan a la confianza mínima necesaria para sostener cualquier acuerdo. Es como intentar resolver una ecuación en la que los términos no solo se oponen, sino que se anulan entre sí de manera imprevisible. Cada conversación política se convierte así en una operación delicada, donde cualquier gesto puede cambiar el signo de toda la expresión.
A esto se suman las denuncias judiciales entre algunos de los implicados, que funcionan como variables ocultas dentro del paréntesis. No siempre están en el centro del debate público, pero condicionan profundamente las decisiones. En matemáticas, bastaría con identificar esos elementos y operar con ellos; en política, sin embargo, su peso es mucho más difícil de cuantificar. Pueden frenar acuerdos, bloquear alianzas o incluso hacer inviable lo que, numéricamente, parecía perfectamente posible.
El tercer elemento que complica la ecuación es quizá el más determinante: los partidos políticos implicados no renuncian a su candidatura a la alcaldía. Aquí la metáfora matemática se vuelve especialmente clara. Es como si, en una ecuación de segundo grado, varios términos pretendieran ocupar simultáneamente el mismo valor de “x”. La contradicción es evidente: no puede haber múltiples soluciones principales en un sistema que exige una única salida coherente. Esta pugna por el resultado final introduce una tensión estructural que amenaza con hacer colapsar todo el planteamiento.
En este momento, el resultado es, cuanto menos, incierto. Las negociaciones existen, sí; los números pueden llegar a cuadrar en un escenario ideal, pero la combinación de desconfianza personal, conflictos judiciales y ambiciones incompatibles sugiere que la ecuación podría no tener solución real. O peor aún: que tenga una solución teórica que nunca llegue a materializarse en la práctica.
En definitiva, la situación en Santa Lucía de Tirajana refleja hasta qué punto la política local puede convertirse en un ejercicio de álgebra avanzada. Sacar adelante una moción de censura no es sólo cuestión de sumar concejales, sino de equilibrar variables humanas, emocionales y estratégicas. Y como en las ecuaciones más complejas, no basta con que el resultado exista: tiene que ser viable. Para ello harían falta mentes capaces de ver más allá de la maraña de variables. Quizás alguien que, como Grigori Perelman, fuera capaz de enfrentarse a un problema que durante más de un siglo desconcertó a la comunidad matemática. Perelman no sólo resolvió la conjetura de Poincaré; lo hizo con una claridad y una profundidad que transformaron la forma de entender aquel desafío.
En Santa Lucía, salvando las distancias, la política parece necesitar un ejercicio similar de lucidez: mentes que sean capaces de ordenar el caos y simplificar lo aparentemente irresoluble si quieren que la moción de censura salga adelante. Hasta entonces, la “x” seguirá resistiéndose en el despacho de alcaldía.
Cristopher Rodríguez Rodríguez



