Lo ocurrido en el Congreso de los Diputados no es una anécdota. No es una salida de tono sin más. No es un gesto menor. Es una señal muy preocupante del clima político que algunos están alimentando en España. Un diputado de Vox, José María Sánchez García, fue expulsado del pleno tras encararse con la Presidencia y subir al estrado, en un episodio que el vicepresidente primero del Congreso, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, llegó a describir con una frase muy dura: pensó incluso “por dónde le iba a llegar el sopapo”. Según las crónicas publicadas este 15 de abril, el diputado desobedeció reiteradas llamadas al orden antes de ser expulsado.
Y hay que decirlo claro: la casa de todos los españoles no puede convertirse en un escenario de intimidación, de matonismo político ni de desprecio a las normas democráticas. El Congreso no es una taberna. No es un plató de bronca permanente. No es el patio de un colegio donde gana el que más grita o el que más miedo da. El Congreso es la sede de la soberanía popular. Es el lugar donde las ideas se confrontan con palabras, con argumentos y con votos. No con amenazas veladas, no con gestos de acoso, no con la exaltación de la fuerza.
Porque ahí está el fondo del problema. La ultraderecha no entra en las instituciones para fortalecerlas. Entra muchas veces para desgastarlas desde dentro, para ensuciar la convivencia, para romper la confianza de la gente en la democracia y para vender la idea de que todo está podrido salvo ellos. Y no. Precisamente porque vivimos en una democracia, ellos tienen voz, tienen escaños y tienen derecho a defender su proyecto político. Pero ese derecho existe porque hay reglas. Porque hay límites. Porque hay un marco democrático que protege incluso a quienes desprecian muchos de sus valores básicos.
Y aquí conviene hacer una reflexión serena pero firme. Quien quiera gobernar, que convenza en las urnas. Quien quiera cambiar el país, que presente propuestas, que dé la cara, que debata y que se someta al veredicto de la ciudadanía. Lo que no se puede hacer es erosionar cada día la democracia desde dentro, convertir cada institución en un campo de batalla emocional y cada discrepancia en una guerra cultural. Ese camino no fortalece a España. La debilita.
Esta editorial también quiere hablarle a mucha gente que vota a Vox no por convicción profunda, sino por cansancio, por enfado, por despecho, por sentirse abandonada, humillada o invisible. A esa gente hay que decirle algo muy claro: su malestar es real, pero Vox no es la solución. El enfado de una familia que no llega a fin de mes es real. La frustración de un trabajador que siente que nadie le escucha es real. El hartazgo de quien ve promesas incumplidas durante años es real. Pero convertir esa herida en odio contra el otro no arregla la vida de nadie. Entregarle tu rabia a quienes viven del enfrentamiento solo sirve para que otros hagan carrera política con tu dolor.
Porque ese es el gran engaño. Se presentan como antisistema, como rebeldes, como portavoces del pueblo llano, pero forman parte de las élites políticas y mediáticas que mejor viven del conflicto permanente. Necesitan una sociedad enfadada, dividida y crispada. Necesitan vecinos contra vecinos. Jóvenes contra mayores. Hombres contra mujeres. Españoles contra extranjeros. Campo contra ciudad. Izquierda contra derecha como trincheras irreconciliables. Necesitan que la gente no piense, sino que reaccione. No buscan soluciones complejas para problemas complejos. Buscan un enemigo útil para seguir creciendo.
Y mientras tanto, los problemas reales siguen ahí. La vivienda. Los salarios. La sanidad. La dependencia. La precariedad. La soledad. La salud mental. La educación. Los cuidados. De eso se habla menos cuando la política se convierte en espectáculo agresivo. Y eso no es casualidad. Cuando todo es bronca, nadie rinde cuentas de verdad. Cuando todo es provocación, nadie entra al fondo de los asuntos que de verdad condicionan la vida de la gente.
Por eso hoy más que nunca hace falta defender algo que a veces parece aburrido, pero que es esencial: la democracia también es forma. También es respeto. También es aceptar que el adversario político no es un enemigo a destruir. También es saber perder una votación sin incendiar el sistema. También es entender que el Parlamento no es una barricada, sino una institución que nos representa a todos, también a quienes pensamos distinto.
No se trata de pedir silencio. Se trata de exigir límites. No se trata de censurar ideas. Se trata de impedir que la violencia verbal y la intimidación física se normalicen. No se trata de apartar a nadie de la democracia. Se trata de recordar que la democracia no puede sobrevivir si se usa para dinamitarla desde dentro.
España no necesita más pirómanos políticos. Necesita representantes a la altura de la gente que madruga, trabaja, cuida, paga impuestos y espera algo de dignidad de sus instituciones. Y quienes estén tentados de aplaudir estas escenas porque “por fin alguien dice lo que piensa” harían bien en preguntarse una cosa: cuando la política deja de hablar y empieza a amedrentar, perdemos todos.
Porque la democracia no muere solo con golpes de Estado. También se desgasta con golpes al respeto, a la convivencia y a la legitimidad de las instituciones. Y eso, por pequeño que algunos quieran pintarlo, no es ningún espectáculo. Es una advertencia.
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