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Las familias del tomate poco fueron a la escuela

La mesa redonda organizada en el marco celebrativo de la XXI Feria de la Zafra de El Tablero aborda el papel que desempeñaron las familias en la sociedad tomatera predemocrática que cubrió el suelo costero de Gran Canaria antes del turismo

 

Una gran parte de las mujeres ahora abuelas que durante gran parte de su vida se dedicaron al trabajo de la aparcería tomatera en el sur de Gran Canaria antes del desarrollo turístico no cuentan ahora con paga de jubilación, “porque entonces sólo los hombres pagaban los sellos”. Y muchas sólo disponen de una paga de viudedad.

 

Este dato sociológico revelador fue uno de los muchos que salieron a relucir en la mesa redonda con la que se inauguró este viernes la XXI Feria de La Zafra en el pueblo de El Tablero, dedicada al importante papel que la estructura familiar y sus miembros desempeñaron en el engranaje social y económico de aquella época.

 

En la exposición que ofrecieron Maruca Almeida González, Pino Sarmiento Lorenzo, Nieves Moreno González, Clotilde Rodríguez Quintana, Estebana Peña Gómez, Rosa Pérez Cecilia, Rosa Herrera Rodríguez y Cristóbal Rodríguez Quintana, todos jubilados e hijos de la historia tomatera de esta tierra, también despuntó que pocos tuvieron acceso a la escuela y que su formación académica tardía les llegó gracias a Radio Ecca.

 

Coordinada por el maestro y músico Carmelo Sánchez Cabrera, la mesa redonda sobre ‘La zafra y familia’ sirvió para refrescar que, en el mundo agrario extensivo grancanario predemocrático, los niños y niñas, desde edades muy tempranas, sin juguetes y casi descalzos, contribuían a la economía de sustento familiar ayudando en las labores agrícolas y el cuidado de los animales.

 

Las zafras tomateras, como dijo Rosa Herrera, fueron historias de desarraigo y migraciones, de familias enteras que se desplazaron de otras islas (Fuerteventura y Lanzarote) a Gran Canaria, y también dentro de esta isla redonda, sobre todo del norte al sur, y al este e incluso al oeste, a cuarterías estrechas “donde las familias enteras vivían todas juntas”, como sucede aún con muchos poblados gitanos.

 

A los surcos desde temprano

 

Reconocieron las ponentes que la incorporación a los surcos se hacía desde temprano. Las niñas que no tenían que hacerse cargo de los hermanos menores se sumaban al trabajo junto al resto de la familia con apenas 10 u 11 años. Incluso antes. Clotilde Rodríguez confiesa que empezó “con 8 ó 9 años y a los 12 ya formaba parte de una cuadrilla”. Después recorrería todos los almacenes de empaquetado la zona, que no eran pocos. Su compañero en La Cuadrilla teatral de mayores de El Tablero, Cristóbal Rodríguez, un apasionado de la electrónica y la electricidad, confiesa que tuvo como cuna una caja de tomates y que trabajó en los tomateros “en jornadas de sol a sol librando sólo las tardes de los domingos” hasta que se fue al cuartel, que también era obligatorio entonces.

 

En aquellos años de escasez y sin lujos de ninguna clase, la juventud tenía como máxima diversión los paseos dominicales y los bailes. En la mesa redonda se apuntó que la edad iniciática para participar en ellos y comenzar a enamorar y pretender rondaba los 14 años. Por eso también era frecuente y muy común que los hijos del tomate se casaran muy jóvenes, y que también muy jóvenes se convirtieran en padres, y que sin televisión se llenaran pronto de hijos, convirtiendo sus parejas en familias numerosas. Las parejas casaderas y en edad de merecer nunca podían salir solas. Estebana Peña recuerda que las chicas se desvivían por ayudar a las abuelas en el acarreo manual de leña o de agua durante toda la semana, porque entonces no había electricidad ni agua corriente, “para que al final las acompañaran al baile junto a las primas”.

 

Cambios muy rápidos y profundos

 

También se puso de manifiesto en esta sesión que muchos hombres jóvenes abandonaron las plantaciones de tomateros para trabajar en la construcción turística, y que muchas mujeres jóvenes también lo hicieron para incorporarse a la hostelería, no sin antes superar el rechazo y la oposición inicial de sus padres “porque irse a trabajar con los turistas estaba mal visto”. En muchos casos, cuando estos jóvenes acaban su jornada laboral turística se sumaban después a sus progenitores en el trabajo doméstico de los tomateros.

 

De aquella época, los participantes en la mesa redonda poco cambiarían. Coinciden en reconocer que la vida entonces “era más sacrificada pero más sana, y aunque ahora hay más comodidades y es todo más moderno, entonces se vivía con respeto, había más tranquilidad, más unidad y más ilusión. Hoy, sin embargo, todo son pleitos e historias. Nos ha tocado vivir unos cambios muy rápidos y muy profundos”, dicen. Si cambiarían, afirma Cristóbal, que en aquella época no tuvieran acceso a la formación que les habría gustado tener.

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