Hay frases que retratan un sistema entero. Frases que no necesitan más explicación porque encierran, de golpe, toda la crudeza de una realidad que demasiada gente sufre en silencio. A esta paciente, después de más de un año esperando una operación necesaria, después de pasar por urgencias una y otra vez, después de ver cómo su enfermedad se agravaba, después de acudir al hospital convencida de que por fin iba a ser intervenida, le cancelaron la operación en el último momento. ¿La explicación? “Así están las cosas en el hospital.”
Y eso es, precisamente, lo más grave: que se diga con normalidad, casi con resignación, como si el deterioro de la sanidad pública fuera una tormenta inevitable y no el resultado de años de mala gestión, falta de planificación, abandono político y desprecio al paciente.
La historia empieza el 7 de enero de 2025, cuando esta paciente acaba ingresada por una necrosis en la vesícula. No estamos hablando de una dolencia menor ni de un malestar pasajero. Estamos hablando de una patología seria, dolorosa y con riesgo de complicarse. Tras ser estabilizada en la sanidad privada, se le traslada a la lista de espera de la pública para la intervención definitiva.
El 24 de febrero de 2025, el cirujano de la Seguridad Social le dice con claridad que hay que operarla de manera urgente, retirarle la vesícula y evitar que las piedras sigan desplazándose, con el riesgo real de derivar en una pancreatitis y empeorar aún más el cuadro clínico. El diagnóstico era claro. La necesidad también. Lo que no apareció por ningún lado fue la respuesta del sistema.
Desde entonces, la paciente no ha hecho más que acumular dolor, miedo y visitas a urgencias. Cólico tras cólico. Inflamación tras inflamación. Crisis repetidas. La última, entre finales de febrero y principios de marzo, la mantuvo tres semanas de baja, entrando y saliendo del hospital mientras seguía esperando una llamada que nunca llegaba. Porque en esta tierra parece que enfermar no basta: además hay que aguantar, insistir, reclamar y casi suplicar para que a uno lo atiendan en tiempo y forma.
Y eso debería avergonzar a cualquiera con responsabilidades públicas.
Tras presentar una reclamación en el Hospital Insular, preguntando por una intervención que llevaba esperando un año mientras su estado empeoraba, por fin la llaman el 17 de abril. Le comunican que será operada el 22 de abril. El 21 de abril la vuelven a llamar y se lo confirman: todo sigue adelante, debe acudir al hospital a las 13:00 horas para el ingreso.
La paciente hace lo que cualquier persona haría: prepararse, organizarse, mentalizarse, desplazarse y presentarse en el hospital con la esperanza de poner fin, de una vez, a un calvario insoportable.
Pero ni siquiera allí, ni siquiera con la maleta casi hecha, ni siquiera en admisión, se le respetó lo mínimo.
Cuando ya estaba en el hospital para ingresar, recibe una llamada comunicándole que la intervención queda cancelada. Sin una explicación seria. Sin una alternativa inmediata. Sin una nueva fecha cerrada. Sin una mínima humanidad institucional. La operación desaparece, pero el dolor no. El riesgo sigue ahí. La enfermedad continúa. El miedo también.
Y luego se sorprenden de que la gente pierda la confianza en la sanidad pública.
Porque este no es un caso aislado. Este es el retrato de un sistema que lleva demasiado tiempo funcionando al límite, parcheado, desbordado y sostenido muchas veces por el esfuerzo heroico de profesionales que no pueden hacer más con menos. Aquí el problema no es el médico que da la cara, ni el personal que intenta contener lo incontenible. Aquí el problema está más arriba: en quienes presumen de gestión mientras los pacientes esperan, empeoran y acaban convertidos en números.
Cada lista de espera maquillada, cada demora justificada, cada operación suspendida sin explicaciones, cada paciente que entra y sale de urgencias sin solución, es una derrota del sistema. Y también una derrota política.
Porque mientras los responsables públicos se enredan en discursos, fotos, promesas y balances, hay personas a las que se les está deteriorando la salud. Personas que no necesitan titulares triunfalistas ni notas de prensa vacías. Necesitan quirófanos funcionando, agendas realistas, recursos suficientes y una sanidad que no las deje tiradas en el momento más vulnerable de sus vidas.
Y aquí es donde también hay que interpelar a la ciudadanía.
¿Cuánto más vamos a aguantar?
¿Cuántas historias más hacen falta para que dejemos de asumir que esto es “normal”?
¿Cuántos pacientes tienen que ser humillados por el sistema antes de que la sociedad decida que ya basta?
Porque cuando aceptamos que “así están las cosas”, estamos tragando con una indecencia. Estamos permitiendo que se normalice el abandono. Estamos dejando que la resignación sustituya a la exigencia. Y no, no deberíamos conformarnos. No deberíamos callarnos. No deberíamos permitir que la salud dependa de la suerte, de una reclamación o del momento en que alguien decide mover un expediente.
Hay que exigir responsabilidades. Hay que levantar la voz. Hay que movilizarse. Hay que poner la sanidad pública en el centro del debate social y político, no como un eslogan, sino como una urgencia real.
Porque hoy la historia es la de una paciente con necrosis en la vesícula, con riesgo de pancreatitis, con crisis repetidas y una operación cancelada en el último minuto. Pero mañana puede ser la de cualquiera. La de nuestros padres. La de nuestros hijos. La de nosotros mismos.
Y cuando llegue ese día, ya no valdrá mirar hacia otro lado.
Así están las cosas en el hospital, sí.
Y precisamente por eso ya va siendo hora de que la gente se mueva y de que los políticos dejen de esconderse detrás del caos que ellos mismos han permitido.
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