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Las redes sociales: del muro de Facebook al contenedor de basura

Hubo un tiempo en que las redes sociales parecían una buena idea.

Servían para reencontrarse con antiguos amigos, compartir una foto, felicitar un cumpleaños o contar qué estaba pasando en nuestro pueblo.

Ahora, en demasiados casos, uno entra en Facebook, X o cualquier otra plataforma y tiene la sensación de haber abierto la tapa del contenedor orgánico en pleno agosto.

De todo hay.

Insultos, rumores, acusaciones sin una sola prueba, medias verdades, ajustes de cuentas personales, capturas de pantalla convenientemente recortadas y personajes que se levantan por la mañana convertidos en periodistas, jueces, fiscales y expertos en absolutamente todo.

Todo antes del primer café.

Las redes se han convertido para algunos en el lugar perfecto para tirar la basura que nunca se atreverían a soltar mirando a alguien a los ojos.

Porque escribir desde el sofá da una valentía extraordinaria.

Cara a cara, seguramente, otro gallo cantaría.

Y lo curioso es que cuanto más grave es la acusación, menos parece importar demostrarla. Basta con escribir “me han dicho”, “todo el mundo sabe”, “se comenta por ahí” o ese maravilloso “presuntamente”, palabra que algunos utilizan convencidos de que funciona como agua bendita jurídica.

Pues no.

Poner “presuntamente” delante de una barbaridad no convierte automáticamente una mentira en información.

Criticar es legítimo. Y necesario.

A un alcalde, a un concejal, a un empresario, a un periodista o a cualquier persona con responsabilidad pública se le puede criticar. Faltaría más.

Pero criticar una gestión no es insultar a una persona.

Denunciar una irregularidad no es inventársela.

Y tener una cuenta de Facebook no convierte a nadie en corresponsal de investigación.

En los municipios pequeños esto adquiere además una dimensión especial.

Aquí nos conocemos casi todos.

El que escribe el comentario puede encontrarse media hora después con la persona señalada comprando el pan, tomando café o recogiendo a los niños del colegio.

Y entonces ocurre un curioso fenómeno: desaparece de golpe toda aquella valentía digital.

La pantalla tiene esas cosas.

También tenemos al ejército de los compartidores profesionales.

No han leído la noticia.

No conocen el asunto.

No saben quién tiene razón.

Pero comparten.

Y comentan.

Y sentencian.

Porque para qué vamos a dejar que los hechos estropeen una buena indignación.

Luego está el algoritmo, ese pequeño monstruo invisible que ha descubierto algo preocupante: la basura genera tráfico.

Un mensaje razonado recibe diez interacciones.

Un insulto recibe quinientas.

Una explicación de tres párrafos aburre.

Una acusación escandalosa vuela.

Y así hemos terminado creando un ecosistema donde quien grita más parece tener más razón.

No la tiene.

Simplemente grita más.

Los medios de comunicación tenemos también nuestra parte de responsabilidad.

No todo lo que aparece en redes es noticia.

Una captura de WhatsApp no es una fuente contrastada.

Un perfil anónimo tampoco.

Y una publicación viral puede seguir siendo completamente falsa aunque tenga veinte mil compartidos.

El periodismo consiste precisamente en hacer aquello que las redes muchas veces no hacen: preguntar, comprobar, contrastar y escuchar a todas las partes.

Porque si un medio se limita a copiar lo que circula por Facebook, deja de hacer periodismo y pasa a trabajar de recogedor de basura digital.

Y ya tenemos suficientes contenedores.

Las redes sociales pueden ser extraordinarias.

Sirven para informar, denunciar problemas reales, promocionar negocios, localizar animales perdidos, organizar campañas solidarias o mantener conectadas a miles de personas.

El problema no son las redes.

El problema es quién las utiliza y para qué.

Quizá antes de pulsar “publicar” deberíamos aplicar una norma bastante sencilla:

¿Es verdad?

¿Puedo demostrarlo?

¿Lo diría igual si tuviera a esa persona delante?

Si la respuesta a las tres preguntas es no, probablemente lo que está a punto de publicar no sea una opinión.

Es basura.

Y para eso, afortunadamente, todavía tenemos contenedores.

Digitalfarocanarias.com

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