En Santa Lucía de Tirajana hay algo que ya no sorprende a nadie: cuando se acerca el olor a campaña, empiezan a brotar partidos como setas después de la lluvia. Nuevas siglas. Nuevos eslóganes. Nuevos colores.
Pero las caras… las caras son las mismas.
Políticos que han pasado por dos, tres o cuatro formaciones. Que ayer defendían una cosa y hoy defienden la contraria. Que cuando el barco parecía estable estaban dentro… y cuando el mar se mueve, saltan y montan otro proyecto diciendo que ahora sí traen la solución definitiva.
Y luego están los “listillos” de última hora.
Esos que aparecen cuando el terreno ya está allanado. Cuando otros han asumido el desgaste de gobernar. Cuando los problemas son evidentes y el malestar social es fácil de agitar. Llegan con discursos simples para problemas complejos. Con frases diseñadas para redes sociales. Con promesas inmediatas que no explican cómo se pagan ni cómo se gestionan.
Populismo de manual.
Hablan de “rescatar el municipio”, de “devolver la voz al pueblo”, de “romper con todo lo anterior”… pero muchos de ellos han estado dentro del sistema que ahora critican. Han formado parte de gobiernos, de pactos, de decisiones. Y ahora actúan como si acabaran de descubrir los problemas de Santa Lucía.
La pregunta es clara:
¿Es renovación política o marketing electoral?
Porque cambiar de logotipo no es cambiar de proyecto.
Cambiar de discurso no es cambiar de trayectoria.
Y cambiar de siglas no borra la hemeroteca.
Santa Lucía no es un laboratorio de pruebas ni un trampolín personal. Es un municipio con vecinos que pagan impuestos, que esperan soluciones reales en vivienda, empleo, limpieza, seguridad o convivencia. No titulares fáciles.
Cuando aparecen partidos a mitad de legislatura con protagonistas recurrentes y discursos inflamados, el riesgo no es solo la fragmentación política. El riesgo es el cansancio ciudadano. La desconexión. La sensación de que todo es estrategia y poco compromiso.
Y eso sí es peligroso.
Porque cuando la política se convierte en un juego de cálculo personal, quien pierde no es un partido. Pierde el municipio.
Quizá la verdadera renovación no consista en fundar más plataformas ni en lanzar mensajes altisonantes a última hora. Quizá consista en coherencia, en asumir responsabilidades y en explicar con rigor lo que se puede hacer… y lo que no.
Santa Lucía necesita menos “salvadores” improvisados y más seriedad.
Menos ruido y más proyecto.
Menos oportunismo y más compromiso real.
Porque al final, los vecinos no votan el enfado.
Votan confianza.
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